NUESTRA HISTORIA

La Congregación Hermanas de la Providencia llega a Chile el 17 de junio de 1853. Con menos de 10 años de fundación en Montreal, la naciente Congregación acepta ir a Oregón, por lo que mandan 5 religiosas; entre ellas a la joven Bernarda Morín, quien será luego la responsable de consolidar la obra de la Providencia en estas tierras.

La misión partió el 18 de octubre de 1852, sin embargo, una serie de eventos inesperados no permitieron el establecimiento de la comunidad en Oregón, por lo que las hermanas decidieron regresar a Canadá por el Cabo de Hornos, a bordo de un pequeño barco Chileno, denominado “Elena”.

Extenuadas por el largo y peligroso viaje, las religiosas canadienses fueron acogidas caritativamente en la casa de las Hermanas de los Sagrados Corazones en Chile. La llegada de las religiosas a nuestro país fue considerado por las autoridades civiles y religiosas de la época como un “acto providencial”, que resolvía el grave problema de las niñas y niños huérfanos. De ese modo, se pusieron a disposición del Arzobispo de Santiago Monseñor Valentín Valdivieso, quien les encargó provisoriamente -en espera de la autorización de Canadá-, la administración de un orfelinato.

Ya con la autorización de la casa general en Montreal, las Hermanas de la Providencia abrieron un noviciado en Santiago el 3 de enero de 1857 quedando como Superiora la Madre Victoire Larroque, quien había sido una de las fundadoras de la Congregación. A su muerte, pasa a ser superiora de la casa principal de Santiago, Sor Bernarda Morín Rouleau.

Con posterioridad, un decreto del 12 de Marzo de 1880 emanado de la Santa Sede, establece que la provincia chilena se transforme en autónoma, con el nombre de Congregación de las Hermanas de la Providencia de Chile, situación que se mantuvo hasta 1970, fecha en que se reunifica la Congregación, después de la renovación eclesial propuesta por el Concilio Vaticano II.

El legado de Madre Bernarda permanece vivo 160 años después que esta joven novicia canadiense llegara junto a sus compañeras a las costas de Valparaíso. Fiel a su congregación de origen, supo al mismo tiempo escuchar la llamada de Dios Providente presente en los rostros de los más pobres entre los pobres en esta parte del mundo. Con coraje, sabiduría y un amor sin límites, hizo crecer la obra de Dios, primero con su atención y cuidado a los niños y niñas huérfanos de aquella época, y luego con otros servicios demandados por las circunstancias, por ejemplo, creando hospitales de sangre en la revolución de 1859, en la guerra del Pacifico en 1879 y en la guerra civil de 1891.

A través del tiempo surgieron nuevas necesidades como:

  • Asilos de ancianas en Santiago, Valparaíso, La Serena y Llolleo.
  • Servicios de hospitales en Vicuña, Ovalle, Limache, Santiago y Schwager.
  • Casas de Ejercicios Espirituales en La Serena, Valparaíso y Santiago.
  • Servicios pastorales en parroquias: Tocopilla, Antofagasta, Vicuña, Santiago y en la Patagonia Argentina. En las localidades de Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia, así como un colegio primario y técnico que se mantuvo por más de 25 años en Buenos Aires.
  • Esporádicamente servicio pastoral carcelario

Como la sociedad chilena ha ido evolucionando, hoy se mantienen hogares de niños vulnerables, equivalentes a los antiguos asilos, mientras que otros se convirtieron en colegios que imparten educación pre-básica, básica, media técnica y científica, con el fin de formar jóvenes que con calidad evangelizadora y con el sello Providencia, puedan colaborar en la construcción de un Chile más justo y solidario.

A ello se han sumado otros servicios para aliviar el sufrimiento humano, como el Comedor Emilia Gamelin, en el que a hermanos y hermanas que viven en situación de calle, se les da almuerzo, acogida y atención en sus necesidades materiales, junto a una evangelización que los ayude en su dignidad de personas.

La fecundidad amorosa de Madre Bernarda, que permitió estas presencias a lo largo de la historia, le valió el reconocimiento en 1925 de la Medalla al Mérito, la más alta condecoración del país a un extranjero por la excelencia de los servicios prestados, la que le fue otorgada por el entonces Presidente de la República de Chile, Don Arturo Alessandri Palma.

El Viernes 4 de Octubre de 1929, a la edad de 96 años, Madre Bernarda parte a la Casa del Padre en medio de una multitudinaria despedida, como bien consignó la prensa de esa época: “Dios ensalza a los humildes, porque fue una insigne mujer, de un gran corazón, la benefactora de un pueblo, la madre de los huérfanos, la bondad personificada, la caridad hecha mujer.”

Su Fe inquebrantable en la Providencia, el anuncio del Evangelio y el servicio a sus hermanas y hermanos, la impulsó a trabajar con audacia y creatividad como una respuesta a su experiencia de Dios. Por lo mismo, Madre Bernarda en sus escritos nos hacía notar una y otra vez la importancia de la Fe, pues dicho en sus palabras: “La Fe nos hace partícipes de las gracias de Jesucristo, nos muestra que Jesús encarnado es a quien debemos imitar y que el Evangelio nos muestra lo que hay que practicar” (Circular 5, p. 17).